El beso de Judas, capítulo 4
Los
peces de Enoshima
Si he de rescatar tan sólo una pequeña parte del cuarto
capítulo de este texto, sería aquella micro síntesis descrita por Fontcuberta en
la página 84 “buena parte de mi trabajo artístico reciente, sobre todo después
del descubrimiento de los peces de Enoshima, se ha centrado también en la
confrontación de huellas y de memorias.” He estado haciendo una separación y
delimitación de los conceptos fundamentales a lo largo de todos los comentarios
de este presente texto, donde hasta ahora, ninguno había protagonizado por segunda
vez un segundo capítulo (como es en el caso de la memoria). En esta ocasión, ya
no se está delimitando una comparación de la memoria como un proceso de
extensión de la mente hacia la cámara. La interpretación de la memoria en el
proceso fotográfico se ubica a manera de huella, como un fiel recordatorio de
la existencia del registro, siendo este (para que pueda esta comparación ser
efectiva) capaz de capturar lo el sujeto registrado de manera minuciosa, no azarosa,
real, pero sin elección de las cualidades de registro que serán tomadas del
sujeto (he aquí la inclusión del frottograma y la inclusión de los peces). Para
que la representación del sujeto registrado a raíz de la memoria, no se podrá
basarse en procesos fotográficos tradicionales (cuando menos éstos no son
mencionados), pues el uso tradicional de la cámara le otorga al fotógrafo total
control de la manera en que será fotografiado el sujeto (u objeto). Siendo que
el resultado fotográfico a fin de cuenta sí puede interpretarse como la captura
de un elemento, la captura en la gran mayoría de los casos, no es la
representación más fiel, puesto que intervienen los ojos creadores del hombre.
He aquí la importancia de registro de “grabado” sin posterior intervención (como lo son los peces de
Enoshima), la traducción literal y minuciosa de lo que se está viendo.
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